Eantapli era un elfo silvano cuyo
cometido era simple, vigilar la playa y sus aledaños, su familia había ocupado
este puesto de observación desde tiempos remotos para la vida de los
bosquiáceos como se llamaban entre ellos. Tenía un pequeño hogar en las ramas
de un árbol cercano al mar, allí habían vivido también sus antepasados y a
decir verdad era un elfo feliz, sin grandes ambiciones, sin grandes
aspiraciones, sin grandes proyectos. Aquel día se encontraba caminando por la
orilla de la playa, como tantas otras veces cuando encontró algo anormal, algo
totalmente inesperado. Toda su vida había paseado por aquellas arenas viendo a
los seres marinos moverse, a las algas y a las plantas del mar cubriendo
grandes extensiones en el fondo marino, a la bruma que todo lo cubría por
encima y los enormes arrecifes que hacían encallar los barcos enemigos. Fuerte
fue su sorpresa al encontrarse una cuerda que mantenía atados un libro y una
espada, un libro negro y grande. De hecho tuvo que hacer un pequeño esfuerzo
para poder cogerlo y transportarlo al hogar. Cuando consiguió subirlo hasta la
susodicha rama, con laborioso trabajo sin duda alguna, se lo enseñó a su
esposa. Esta prudente, se alarmó y le preguntó: “¿Dónde hallaste esto?” Él
respondió que en la playa junto a una cuerda que dejé abandonada y una espada
que llevaba en el cinturón de hierbas verdes, regalo de su padre. Su esposa le
obligó a quitársela y la desenvaino con poca destreza. Los elfos silvanos
desconocían el uso de estas armas y lo más parecido que tenían eran los
cuchillos de caza. La espada no tenía nada especial, hoja de doble filo de unos
dos pies de largo por cuatro pulgadas de ancho. Empuñadura de hoja de roble sin
filigranas, una simple espada. En cambio el libro era todo lo contrario,
grande, pesado, de tapas negras y con unas letras en dorado, ninguno de los dos
sabía escribir aunque si leer.
Ese día continuó patrullando mientras Anara se quedó en el hogar. Anara su esposa, era muy curiosa y nada más desaparecer su cónyuge entre la maleza se acercó al libro. Se sentía extrañamente atraída por él. Lo abrió, no sin cierto recelo, y la vista se le comenzó a nublar, no entendía lo que ponía. Los trazos eran finos y curvados, en una lengua que parecía extraña y exótica. Después de un rato viéndolo, lo cerró y se marchó al interior del bosque. Allí continuó su tarea diaria, que era la de sembrar diversas plantas comestibles y ayudaba al crecimiento de los árboles con su canto. Aquella misma noche después de cenar y acostarse, Eantapli se levantó de su lecho y sin despertar a su esposa fue a la habitación donde guardaban diversos enseres, entre ellos la espada y el libro. Valiéndose de la luz de la luna y de sus poderosos ojos de bosquiáceo cogió la espada entres sus manos y la desenvainó. Salió de su funda con un leve susurro y con un brillo plateado oscuro. Inconscientemente comprobó si estaba afilada haciéndose un pequeño corte en la mano. Lo estaba. Una pequeña gota de roja sangre cayó sobre las tapas del libro que estaba debajo. Y aunque él no se dio cuenta de lo que había pasado su sangre fue absorbida por el libro sin dejar rastro. Contentada su curiosidad volvió al lecho. Acababa de cometer el mayor error de su vida.
Al día siguiente Anara volvió a abrir el libro a escondidas intrigada por descubrir el significado de aquellas palabras. Mientras pasaba una hoja se hizo un pequeño corte en el dedo índice. Después de intentar entender el libro en vano se fue con los árboles más altos de su zona. Allí les cantó y aunque ella no lo sabía, ni tampoco lo notaba, su voz no era la de siempre, tenía un deje triste y melancólico que los árboles si notaron.
Durante muchos días continuaron con su vida, como siempre sin apenas cambios. Eantapli vigilando siempre la playa y Anara cuidando los árboles, recolectando los frutos y flores que comían. Yendo a visitar a otros bosquiáceos, realizando sus fiestas y comidas. Con el tiempo toda la población bosquiácea de los alrededores se fue transformando. Muy lentamente todos se volvieron más huraños, más solitarios. Sus fiestas decayeron, se volvieron fríos. Ya no hubo más hogueras en los claros del bosque. Ya los árboles de la zona ya callan su buena alma para sacar su espíritu maléfico. Evitaban a las ninfas y a los humanos por lo que pronto provocarían recelos por parte de estos. Nadie informó a la hechicera Naire de los acontecimientos que allí ocurrían. Una rápida actuación al principio habría cortado de raíz todos los problemas. Pero nadie dijo nada por lo que todos tuvieron que sufrir. Todos sufrieron el cambio.
Los hechos durante la etapa de cambios en los bosquiáceo vividos son muy duros y difíciles de contar por lo que avanzaré rápidamente para que mi objetividad no se vea resentida por el dolor.
Como iba diciendo los cambios interiores dieron paso a los exteriores. La piel de la mayoría dejo su tono rosáceo para volverse muy blanca. Algunos consiguieron capacidades extrañas como más agilidad, más fuerza, dedos con apariencia de ramas muertas, partes del cuerpo con aspecto arbóreo, niños con la cabeza muy grande, unos muy altos otros muy bajos. Estos y otros muchos cambios y variaciones físicas que por vergüenza no relataré. Pero el mayor problema no era unos cambios de humor con tendencia a la violencia en los bosquiáceos sino en el bosque. Toda la zona cercana a la playa y alrededores de esta población comenzó a volverse tenebrosa. La mayoría de los animales huyó de allí. Los árboles se quedaron sin hojas, un hecho que no había ocurrido nunca en toda la historia de El Serál. Unos pocos árboles, los más débiles, murieron y los otros parecían estar muertos. Solo despertaban para moverse muy rápidamente y comerse a los pocos animales que quedaban. Nadie supo como empezó la plaga de entre los primero árboles, ni tampoco entre los primeros bosquiáceos ¿Fue el agua contaminado? ¿Fue la influencia del libro? ¿Fueron los cantos de los bosquíaceos ahora sumidos en el amargor y la tristeza? En esos momentos las ninfas desconocían la respuesta, decidieron aislar el territorio circundante para evitar la propagación de la plaga. Como medida preventiva mientras Naire se hallaba ocupada.
Tenían muy claro que se necesitaban medidas muy rápidas para frenar la propagación. Sólo habían pasado dos meses desde que Eantapli encontró el libro y la espada. Aunque ellas desconocieron en esos momentos la existencia de ambos objetos. Sabían que lo que era un paraíso se había convertido en un infierno. Que las ninfas que allí habitaban tuvieran que huir, que sus parientes lejanos los bosquiáceos se habían convertido en seres terribles. Que el bosque sufría y que todavía podían salvarlo. Y lo más importante, que eran inmunes a esa extraña enfermedad.
Las ninfas (hadas del bosque) eran seres extraños, muy jerarquizados. Seres que junto con los dríades vivían muchos años, tenían mayor control que los bosquiáceos de los hechos que ocurrían en el bosque, aunque mucha menos fuerza física.
En cuanto la superiora fue informada, la Madre Sela. Ella misma se puso al mando, convocó a un gran número de ninfas y dríades en la zona cercana.
Las obras comenzaron. Primero variaron el curso de dos ríos que cruzaban la zona, en segundo lugar separaron las plantas, arbustos y flores sanos de los que podían empezar a desarrollar la maldición. Todo ello mediante conjuros. Finalmente unos humanos hicieron la parte física, con gran pesar para las ninfas. Cortaron todos los árboles vivos creando una frontera de veinte metros de ancho despoblada, desde donde podían parar a los que quisieran salir de allí y evitar la propagación de la maldición.
Tardaron varios días en destruir la profunda floresta y alzar un muro sólido de madera y zanjas a ambos lados. Grande fue el dolor que sintieron las ninfas al ver caer tantos árboles tan grandes y hermosos, aun sabiendo que era su deber. El último día ocurrió un triste hecho. Para su compresión me veo obligada a contar, muy a mi pisar, lo que ocurrió mientras creaban la frontera.
Cuando las ninfas y los animales se retiraron de su zona, la poca alegría que habitaba sus corazones les abandonó. Llego una densa niebla procedente del mar, una densa niebla tal y como la que protegía las costas del continente. Una densa niebla que ocultó la paz y la amistad de su interior. Convertidos en seres crueles y oscuros probaron la carne, por primera, y con ella la sangre. Mediante cánticos obligaron a reproducirse y crecer muy rápidamente para mantener nutrida la población bosquiácea y apagar su sed. Surgió la jerarquía entre ellos. Antes de la llegada del mal era una raza en la que todos eran iguales y tenían un representante ante la Hechicera, era el único con un cargo como tal. Su nombre era Sertorio. Sertorio era inteligente, sincero y virtuoso. Vivía feliz y poseía una de las maravillas del bosque, una hermosa cierva blanca que le acompañaba a todas partes. Una cierva que había recogida herida cuando era muy pequeña, la había curado y desde ese momento nunca se habían separado. Ella no le abandonó cuando los demás animales huyeron. Había un amor paternal entre ambos. Nadie se explica, ni siquiera hoy, porque a él no le afectó la maldición.
Lo cierto es que días antes de que comenzara el aislamiento, un joven bosquiáceo atacó a la cierva. Sertorio estaba contando las provisiones de alimentos que le quedaban. El bosque ya no producía los alimentos de siempre. Nada de bayas, hojas verdes, flores, savia, miel... Se hallaba en estos quehaceres cuando oyó unos gritos a nivel del suelo. Allí estaba Pompeii, se hallaba sujetando a la cierva por la cabeza, intentaba morderla y atravesarla con sus garras. La albina cierva gemía débilmente, parecía llamar a su amo mientras Pompeii arañaba su tierno cuello con sus garras. Sertorio se lanzó sobre Pompeii separando a este del animal. Le gritaba “Aléjate de ella ser inmundo, fuera de aquí”. Pompeii no respondía, solamente emitía ruidos extraños que Sertorio no comprendía. El escándalo atrajo a más de estos seres. Tras unos breves momentos forcejeando Pompeii se desembarazó de Sertorio dejándolo inconsciente, inmediatamente se revolvió y busco a la cierva que ya había desaparecido del lugar. Pompeii la persiguió durante medio kilómetro hasta que la alcanzó en la frontera. Justo en la zona que estaban construyendo el muro.
En la linde del bosque alcanzó al pobre animal ante el estupor de humanos y ninfas que allí estaban. Se encontraban en la última zona de la frontera sin construir. En el último día. Las ninfas, aunque se hallaban en escaso número, no pudieron permanecer impasibles ante el ataque a un animal y menos a uno tan bello como este. Decididas intentaron salvar al animal. No es que fueran lentas sino que el ansia y la locura habían hecho presa de Pompeii y este ya había desgarrado la tripa de la cierva, ahora agonizante. Varias flechas atravesaron las piernas de Pompeii. Breves instantes después salieron de los bosques una decena de bosquiáceos. Eran los mismos que se habían visto atraídos en el hogar de Sertorio y atraídos por el olor de la sangre de la cierva herida la habían seguido. Poseídos por el odio, corrían con la boca abierta y gritando.
Rezad a los dioses y sed agradecidos porque la decisión de la Madre Sela fue absoluta.Ella misma grácilmente avanzó hacia los oscuros bosquiáceos lanzando flechas paralizantes con gran acierto.
Sus hermanas se lanzaron a protegerla sin vacilar. La refriega no duró mucho, a pesar de estar guiados por los instintos, los bosquiáceos no eran precisamente estúpidos y rápidamente se replegaron al bosque, llevándose al malherido Pompeii y a una ninfa a rastras como rehén. Era la pobre Ilse, una buena ninfa, a la que habían noqueado de un testarazo y la arrastraban malamente. Varias ninfas hicieron amago de salir corriendo tras ella pero la Madre Sela se lo prohibió. Los bosquiáceos habían huido con gran premura y darles alcance en el interior del bosque era ya harto peligroso.
-Déjenos luchar- Pidió una.
-Debemos salvarla- Exhortó otra
Mas la Madre Sela se mostró inflexible:
-Debemos terminar el muro, es nuestro deber.-
La Madre creía que si hubieran partido para salvarla su labor podría verse en peligro, y no estaba muy mal encaminada. No tenían los suficientes efectivos como para acometer una incursión con esperanza.
Reanudaron los trabajos con tristeza y rapidez. Ya habían visto la facilidad con la que habían llegado hasta ellas, al igual que ya habían comprobado su belicosidad, ferocidad.
Ese día continuó patrullando mientras Anara se quedó en el hogar. Anara su esposa, era muy curiosa y nada más desaparecer su cónyuge entre la maleza se acercó al libro. Se sentía extrañamente atraída por él. Lo abrió, no sin cierto recelo, y la vista se le comenzó a nublar, no entendía lo que ponía. Los trazos eran finos y curvados, en una lengua que parecía extraña y exótica. Después de un rato viéndolo, lo cerró y se marchó al interior del bosque. Allí continuó su tarea diaria, que era la de sembrar diversas plantas comestibles y ayudaba al crecimiento de los árboles con su canto. Aquella misma noche después de cenar y acostarse, Eantapli se levantó de su lecho y sin despertar a su esposa fue a la habitación donde guardaban diversos enseres, entre ellos la espada y el libro. Valiéndose de la luz de la luna y de sus poderosos ojos de bosquiáceo cogió la espada entres sus manos y la desenvainó. Salió de su funda con un leve susurro y con un brillo plateado oscuro. Inconscientemente comprobó si estaba afilada haciéndose un pequeño corte en la mano. Lo estaba. Una pequeña gota de roja sangre cayó sobre las tapas del libro que estaba debajo. Y aunque él no se dio cuenta de lo que había pasado su sangre fue absorbida por el libro sin dejar rastro. Contentada su curiosidad volvió al lecho. Acababa de cometer el mayor error de su vida.
Al día siguiente Anara volvió a abrir el libro a escondidas intrigada por descubrir el significado de aquellas palabras. Mientras pasaba una hoja se hizo un pequeño corte en el dedo índice. Después de intentar entender el libro en vano se fue con los árboles más altos de su zona. Allí les cantó y aunque ella no lo sabía, ni tampoco lo notaba, su voz no era la de siempre, tenía un deje triste y melancólico que los árboles si notaron.
Durante muchos días continuaron con su vida, como siempre sin apenas cambios. Eantapli vigilando siempre la playa y Anara cuidando los árboles, recolectando los frutos y flores que comían. Yendo a visitar a otros bosquiáceos, realizando sus fiestas y comidas. Con el tiempo toda la población bosquiácea de los alrededores se fue transformando. Muy lentamente todos se volvieron más huraños, más solitarios. Sus fiestas decayeron, se volvieron fríos. Ya no hubo más hogueras en los claros del bosque. Ya los árboles de la zona ya callan su buena alma para sacar su espíritu maléfico. Evitaban a las ninfas y a los humanos por lo que pronto provocarían recelos por parte de estos. Nadie informó a la hechicera Naire de los acontecimientos que allí ocurrían. Una rápida actuación al principio habría cortado de raíz todos los problemas. Pero nadie dijo nada por lo que todos tuvieron que sufrir. Todos sufrieron el cambio.
Los hechos durante la etapa de cambios en los bosquiáceo vividos son muy duros y difíciles de contar por lo que avanzaré rápidamente para que mi objetividad no se vea resentida por el dolor.
Como iba diciendo los cambios interiores dieron paso a los exteriores. La piel de la mayoría dejo su tono rosáceo para volverse muy blanca. Algunos consiguieron capacidades extrañas como más agilidad, más fuerza, dedos con apariencia de ramas muertas, partes del cuerpo con aspecto arbóreo, niños con la cabeza muy grande, unos muy altos otros muy bajos. Estos y otros muchos cambios y variaciones físicas que por vergüenza no relataré. Pero el mayor problema no era unos cambios de humor con tendencia a la violencia en los bosquiáceos sino en el bosque. Toda la zona cercana a la playa y alrededores de esta población comenzó a volverse tenebrosa. La mayoría de los animales huyó de allí. Los árboles se quedaron sin hojas, un hecho que no había ocurrido nunca en toda la historia de El Serál. Unos pocos árboles, los más débiles, murieron y los otros parecían estar muertos. Solo despertaban para moverse muy rápidamente y comerse a los pocos animales que quedaban. Nadie supo como empezó la plaga de entre los primero árboles, ni tampoco entre los primeros bosquiáceos ¿Fue el agua contaminado? ¿Fue la influencia del libro? ¿Fueron los cantos de los bosquíaceos ahora sumidos en el amargor y la tristeza? En esos momentos las ninfas desconocían la respuesta, decidieron aislar el territorio circundante para evitar la propagación de la plaga. Como medida preventiva mientras Naire se hallaba ocupada.
Tenían muy claro que se necesitaban medidas muy rápidas para frenar la propagación. Sólo habían pasado dos meses desde que Eantapli encontró el libro y la espada. Aunque ellas desconocieron en esos momentos la existencia de ambos objetos. Sabían que lo que era un paraíso se había convertido en un infierno. Que las ninfas que allí habitaban tuvieran que huir, que sus parientes lejanos los bosquiáceos se habían convertido en seres terribles. Que el bosque sufría y que todavía podían salvarlo. Y lo más importante, que eran inmunes a esa extraña enfermedad.
Las ninfas (hadas del bosque) eran seres extraños, muy jerarquizados. Seres que junto con los dríades vivían muchos años, tenían mayor control que los bosquiáceos de los hechos que ocurrían en el bosque, aunque mucha menos fuerza física.
En cuanto la superiora fue informada, la Madre Sela. Ella misma se puso al mando, convocó a un gran número de ninfas y dríades en la zona cercana.
Las obras comenzaron. Primero variaron el curso de dos ríos que cruzaban la zona, en segundo lugar separaron las plantas, arbustos y flores sanos de los que podían empezar a desarrollar la maldición. Todo ello mediante conjuros. Finalmente unos humanos hicieron la parte física, con gran pesar para las ninfas. Cortaron todos los árboles vivos creando una frontera de veinte metros de ancho despoblada, desde donde podían parar a los que quisieran salir de allí y evitar la propagación de la maldición.
Tardaron varios días en destruir la profunda floresta y alzar un muro sólido de madera y zanjas a ambos lados. Grande fue el dolor que sintieron las ninfas al ver caer tantos árboles tan grandes y hermosos, aun sabiendo que era su deber. El último día ocurrió un triste hecho. Para su compresión me veo obligada a contar, muy a mi pisar, lo que ocurrió mientras creaban la frontera.
Cuando las ninfas y los animales se retiraron de su zona, la poca alegría que habitaba sus corazones les abandonó. Llego una densa niebla procedente del mar, una densa niebla tal y como la que protegía las costas del continente. Una densa niebla que ocultó la paz y la amistad de su interior. Convertidos en seres crueles y oscuros probaron la carne, por primera, y con ella la sangre. Mediante cánticos obligaron a reproducirse y crecer muy rápidamente para mantener nutrida la población bosquiácea y apagar su sed. Surgió la jerarquía entre ellos. Antes de la llegada del mal era una raza en la que todos eran iguales y tenían un representante ante la Hechicera, era el único con un cargo como tal. Su nombre era Sertorio. Sertorio era inteligente, sincero y virtuoso. Vivía feliz y poseía una de las maravillas del bosque, una hermosa cierva blanca que le acompañaba a todas partes. Una cierva que había recogida herida cuando era muy pequeña, la había curado y desde ese momento nunca se habían separado. Ella no le abandonó cuando los demás animales huyeron. Había un amor paternal entre ambos. Nadie se explica, ni siquiera hoy, porque a él no le afectó la maldición.
Lo cierto es que días antes de que comenzara el aislamiento, un joven bosquiáceo atacó a la cierva. Sertorio estaba contando las provisiones de alimentos que le quedaban. El bosque ya no producía los alimentos de siempre. Nada de bayas, hojas verdes, flores, savia, miel... Se hallaba en estos quehaceres cuando oyó unos gritos a nivel del suelo. Allí estaba Pompeii, se hallaba sujetando a la cierva por la cabeza, intentaba morderla y atravesarla con sus garras. La albina cierva gemía débilmente, parecía llamar a su amo mientras Pompeii arañaba su tierno cuello con sus garras. Sertorio se lanzó sobre Pompeii separando a este del animal. Le gritaba “Aléjate de ella ser inmundo, fuera de aquí”. Pompeii no respondía, solamente emitía ruidos extraños que Sertorio no comprendía. El escándalo atrajo a más de estos seres. Tras unos breves momentos forcejeando Pompeii se desembarazó de Sertorio dejándolo inconsciente, inmediatamente se revolvió y busco a la cierva que ya había desaparecido del lugar. Pompeii la persiguió durante medio kilómetro hasta que la alcanzó en la frontera. Justo en la zona que estaban construyendo el muro.
En la linde del bosque alcanzó al pobre animal ante el estupor de humanos y ninfas que allí estaban. Se encontraban en la última zona de la frontera sin construir. En el último día. Las ninfas, aunque se hallaban en escaso número, no pudieron permanecer impasibles ante el ataque a un animal y menos a uno tan bello como este. Decididas intentaron salvar al animal. No es que fueran lentas sino que el ansia y la locura habían hecho presa de Pompeii y este ya había desgarrado la tripa de la cierva, ahora agonizante. Varias flechas atravesaron las piernas de Pompeii. Breves instantes después salieron de los bosques una decena de bosquiáceos. Eran los mismos que se habían visto atraídos en el hogar de Sertorio y atraídos por el olor de la sangre de la cierva herida la habían seguido. Poseídos por el odio, corrían con la boca abierta y gritando.
Rezad a los dioses y sed agradecidos porque la decisión de la Madre Sela fue absoluta.Ella misma grácilmente avanzó hacia los oscuros bosquiáceos lanzando flechas paralizantes con gran acierto.
Sus hermanas se lanzaron a protegerla sin vacilar. La refriega no duró mucho, a pesar de estar guiados por los instintos, los bosquiáceos no eran precisamente estúpidos y rápidamente se replegaron al bosque, llevándose al malherido Pompeii y a una ninfa a rastras como rehén. Era la pobre Ilse, una buena ninfa, a la que habían noqueado de un testarazo y la arrastraban malamente. Varias ninfas hicieron amago de salir corriendo tras ella pero la Madre Sela se lo prohibió. Los bosquiáceos habían huido con gran premura y darles alcance en el interior del bosque era ya harto peligroso.
-Déjenos luchar- Pidió una.
-Debemos salvarla- Exhortó otra
Mas la Madre Sela se mostró inflexible:
-Debemos terminar el muro, es nuestro deber.-
La Madre creía que si hubieran partido para salvarla su labor podría verse en peligro, y no estaba muy mal encaminada. No tenían los suficientes efectivos como para acometer una incursión con esperanza.
Reanudaron los trabajos con tristeza y rapidez. Ya habían visto la facilidad con la que habían llegado hasta ellas, al igual que ya habían comprobado su belicosidad, ferocidad.
wiiiiiiiiiii quiero máááááásssssss!!! jajaj
ResponderEliminarbueno marido ya te ha quedado claro, jajaj besazos!! tq