sábado, 5 de junio de 2010

Druida

La lluvia, fría como el hielo, caía copiosamente. El viento, gimiente, le susurraba a la tormenta. Mientras, una diminuta y lejana figura observaba el fin de su mundo, impotente. Allí, en lo alto del promontorio, con los brazos levantados hacia el cielo y la voz hablando al viento. Un viento, gimiente, susurra a la tormenta. Un viento cambiante. El druida de oscuros ropajes parece imbatible. Allí, en lo alto del promontorio. Allí, donde todo era movimiento menos su cuerpo, donde el viento arrastraba las hojas que hacía poco habían sido cruelmente arrancadas de los árboles. El druida era inamovible, pero su ropa se agitaba violentamente al igual que el mar en el horizonte.
Caían gotas de agua por su frente mientras recitaba profecías que nadie recordaba. Todo era vano, aunque él no lo supiera. Ante él un mar de agua y otro mar se alzaban. Un mar de rojo color, de gris metal y marrón madera. Los romanos. La civilización acaba de llegar a las Galias y le había declarado la guerra a la rebeldía, a las antiguas costumbres, a la sinrazón, a los bárbaros. Roma le había declarado la guerra a todas las Galias. Y las Galias sucumbirían.

El druida seguía gritando al aire, con su bastón moviéndose frenéticamente. Los largos cabellos canos se le habían llenado de polvo y pequeñas hojas. Por un segundo paró, vio venir la muerte. Vio venir la flecha que atravesó su garganta, durante otro segundo ahora todo pareció inmóvil, al siguiente instante cayó al suelo, muerto. Como las Galias. Como todo lo que se antepusiera a Julio César.

No hay comentarios:

Publicar un comentario