lunes, 6 de diciembre de 2010

Campos cataláunicos

La civilización romana se encontraba allí, luchando contra su peor enemigo, la barbarie, el caos, el peligro de los extranjeros, de los germanos y antaño, los galos. Los aristócratas de la colina Palatina, podrían pensar ser que solamente ellos representaban los valores verdaderamente romanos, pero se equivocaban, el Imperio sobrevivía en el campo de batalla, entre el sudor, la sangre y los gritos de desesperación. Por ello luchaba Mario, nuestro soldado, al igual que miles de soldados camaradas suyos, que se hallaban allí ante una turba enajenada de hunos. Todavía recordaba la carga de caballería enemiga, una carga que no habían conseguido frenar a pesar de la lluvia de pila, las jabalinas del ejército romano, que habían cargado sobre los atacantes. No sin antes recibir por parte de los arqueros hunos una lluvia de flechas que les había obligado a formar en testudo, protegiéndose de las viles saetas que atentaban contra sus sagradas vidas. Tras la embestida de los jinetes, las primeras líneas habían perdido terreno. Varios de sus compañeros había muerto bajo las patas de los caballos, pero la fortaleza de la centuria había evitado que se replegase, pronto la caballería enemiga se encontró atascada entre los legionarios. Los gritos del centurión a quien ningún caballo, ni bárbaro, ni deidad posible podría matar, todavía resonaban en su cabeza. Se defendía detrás de su cuadrado escudo, acuchillando cualquier parte desnuda del enemigo. La caballería enemiga se retiro y la infantería bárbara, un conglomerado de pueblos que iban desde los ostrogodos a los hunos les atacaban. Desde su posición ventajosa sobre el campo de batalla Mario veía como los aliados del Imperio Romano, alanos y visigodos defendían tenazmente su terreno, los alanos habían recibido el ataque del grueso de la horda huna, y allí resistían como casi romanos, luchando al fin y al cabo por lo que habían luchado millones de soldados durante casi diez siglos desde la existencia de Roma, luchando por unos principios, por una forma de vida, por una cultura, por un todo. Mario no perdía su concentración, con la habilidad de la formación recibida durante años de legionario, años dedicados a entrenamiento, a batallas menores, a largas caminatas y cicatrices por todo su cuerpo, toda una vida para un solo momento, una batalla, que aunque él todavía no fuera consciente, sería el hecho más importante de su vida. A poco más de un centenar de metros se encontraba Flavio Aecio, el último romano, el último gran general que la historia romana conocería. Los hombros de Aecio cargaban algo más que la historia de un Imperio, llevaba sobre él el legado de muchos de los grandes generales de la historia, Cayo Mario, Julio César, Escipiones, Aurelio, sin saberlo llevaba encima algo más que el peso de un Imperio.
El muro de escudos romano no presentaba grietas, los bárbaros se estrellaban contra ellos una y otra vez, cada vez con menos intensidad. La posición privilegiada de los romanos en la batalla, justo encima de una colina dentro de la línea de batalla le permitió ver, tras los relevos en batalla como los alanos aguantaban tenazmente, y con su fortaleza se desvanecían gran parte de la esperanza de Atila de ganar la batalla. Si los alanos huían el ejército se vería escindido en dos partes y sería muy fácil rodearle y no solo acabar con ellos, si no acabar con todo una cultura, acabar con un futuro y sumir al mundo en la obscuridad. Pero no, no sería ese día.

Mario volvió a la primera línea de batalla tras sustituir a un compañero muerto. Bárbaros y bárbaros seguían acudiendo a luchar, malolientes y sucios con las armaduras en mal estado y escasos conocimientos de batalla. Su espada chorreando sangre había perdido la punta, no recuerda exactamente el momento, pero sospecha que fue cuando apuñalo a un huno alto que había abollado su escudo, o cuando tras esquivar un golpe de hacha que iba dirigido a su cabeza clavó su espada en las rodillas del extranjero.
Por todo el campo de batalla se escuchaban gritos, pero comenzó a oírse un ruido diferente, extraño, eran cánticos, con un poco de esfuerzo consiguió entender lo que decían. Todo esto mientras esquivaba un mandoble y le daba un golpe con la tachuela del escudo en la cara al bárbaro. Los cánticos hablaban sobre la defensa del nuevo rey de los visigodos Turismundo, así como honraban la memoria del rey que acababa de caer en defensa Teodorico. Después de la batalla, se enteró de que Atila localizó en la batalla al rey enemigo, el cual luchaba en primera línea de batalla, y cargó en masa con sus refuerzos de caballería, con la esperanza de quebrar la moral enemiga al caer su rey. Pero se equivoco, el hombre que desafió al Imperio, el azote de Dios, tuvo un mal día que le costó muy caro, un día francamente desafortunado, y no solo no quebró la moral enemiga sino que además fortaleció el espíritu de venganza entre los visigodos fortaleciendo su moral, provocando que los hunos comenzaran a replegarse.

Aecio, quien observaba el transcurso de la batalla, sabía que era el momento de aprovechar, y con esa capacidad táctica propia de los romanos mandó avanzar a la línea de soldados romanos. El centurión de Mario comenzó a dar gritos, recordando a sus soldados su escasa hombría y la falta de candidez en las madres y las esposas de todos ellos. Con paso firme y uniforme presionaron sobre las líneas de hunos haciéndoles retroceder paso a paso, muerte a muerte. Los hunos que caían eran rematados por la retaguardia de romana, y los romanos que caían heridos eran ayudados por sus camaradas que les transportaban en cadena, ya que solo las dos primeras líneas combatían. El ejército huno se desbarató tras ver como los ostrogodos huían desordenadamente. El ala derecha de Atila, enfrentada a los romanos se había convertido en un baño de sangre, con escasas bajas para los hijos de la Loba y muchos para los procedentes del norte. Durante escaso rato los soldados romanos persiguieron, siempre en orden, al enemigo ya que Aecio se negó a atacar el campamento de los hunos. Como buen militar y político sabía que ya no podía confiar plenamente en los visigodos, y quien sabe, puede que Atila pudiese ser un buen aliado contra otros bárbaros, ya que Roma no se podía defender a sí misma. Ya que Roma, por un día había parecido ser lo que antaño fue, pero ya no era, lo que debió ser y no fue. Por ello Mario no murió en los campos cataláunicos, pero si murió defendiendo al último emperador Rómulo dentro de palacio. Por un día más el Imperio se salvó, para morir mañana, o pasado mañana…




Me he tomado la libertad de usar una legión como forma de combate, así como el uso de una gladius y un escudo cuadrado, ya que quería encumbrar el momento en que el ejército romano fue hegemónico y fue con estas armas y de esta forma, en vez de usar caballería, escudos redondos y espadas largas (spatha). Es posible que haya más errores históricos ya que el final del imperio no es mi especialidad, pero me sentí tentado de contar ligeramente tan gran batalla en la historia del a humanidad. Espero que la hayas disfrutado

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