lunes, 3 de enero de 2011

Primer capítulo

Con motivo de este año nuevo y de número ya futurista, he decidido publicar mi libro, una historia narrada en el mundo fantástico de Warhammer.

Me gustaría desearos a todos un feliz perihelio, mañana 4 de Enero. Ya que para los astronómos pues también es una fiesta. Así como advertiros del eclipse solar de mañana. No mireis nunca directamente al sol sin gafas solares.

Por otra parte, ya tengo coche! Un fabia skoda muy chulo y reluciente aquí teneis una foto:


Aquí está el primer capítulo:

-!Eh, Luss! Acércate aquí, rápido. Mira hay una cámara.-dijo uno de los tres humanos, llamado Caser mientras alumbraba a una de las parédes y dejaba al descubierto un estrecho pasadizo.
Se adentraron los tres al interior, tuvieron que encogerse para pasar giraron Llegaron a la siguiente sala y tuvieron que taparse los ojos, un gran resplandor les cegó por momentos. Llevaban un par de horas sin ver ni el sol ni ninguna otra fuente de luz excepto la de sus antorchas y el reflejo del oro, de miles de millones de mnedas de oro les cegó. Ninguno de los tres había visto tal cantidad de joyas, piedras preciosos y tesoros que sus mentes podrían imaginar.
-Entonces era cierto lo que nos contaron en Bel Aliad.-Dijo Anto con un hilo de voz.
-Por lo visto no.- Respondió ensimismado Luss con un susurro.
-Imaginad podríamos comprar la mitad del Imperio con todo esto.-Soñaba asombrado Caser.
Los tres se acercaron al oro y lo cogían, lo pesaban, lo guardaban y lo miraban y remiraban embelesados como si no existiese otra cosa en el mundo mas que el metal dorado.
Pero para su desgracia no estaban solos. Absortos en el fulgor amarilo no se dieron cuenta de la presencia de un pequeño ser, arrugado, casi en los huesos. Sin duda era un sacerdote funerario encargado del tesoro. Este comenzo a entonar un cántico, y los despertó. Los huesos de los muertos, que estaban dispersos entre los montones monedas, se unieron y los esqueletos animados nos atacaron. En breves instantes estabamos rodeados.
- Vamos, vamos, espalda contra espalda, tenemos que salir de aquí.-Ordenó Ánto, el cabecilla.-Ya me avisaron los sacerdotes de Ulric que podía suceder algo así.- Sacad los martillos y apuntad a sus cabezas, debemos romper el círculo.
-Sigmar, mi señor, bendice mi martillo con tu fuerza y que con él caigan los enemigos del Imperio.- suplicaban los tres a la vez que hacían polvo osamentas y se abrian paso hacia la entrada opuesta por la que habían entrado en la cámara. No eran rival para ellos, los muertos portaban espadas cortas y escudos que manejaban torpemente.
Consiguieron salir de allí y corrieron todo lo rápido que podían pues el peso del oro les ralentizaba bastante. Pero no iban solos, les perseguían los endemoniados cánticos de decenas de sacerdotes que les helaba el corazón y les infundían miedo. Sus voces rebotaban en las piedras de los enmarañados y sucios pasadizos que recorrian.
Cuando llegaron al final del pasadizo, distinguieron una figura, iluminada esta vez por los rayos del sol y no por el resplandor del vil metal. Allí estaba el rey funerario de la pirámide que habían profanado, Alto, con los brazos y las piernas cubiertos de vendas al igual que toda la cabeza, exceptuándo sus ojos, rojos oscuros como la sangre putrefacta, y lo que en su día fue una boca. Armado con un gran pectoral de oro macizo, una lanza de dos hojas y una espada corta en la otra mano. Extrañamente no llevaba más joyas, algo muy raro para pertenecer a la antigua realeza de Nehekhara.
Sus ojos brillaban peligrosamente.
Ánto se adelantó a ofrecer combate
-Aparte de nuestro camino, monstruo.-le espetó Ánto
-Ningún vivo puede salir de aquí, serviréis en mi ejército para toda la eternidad.
Hablaba en el antiguo idioma de Las Tierras Muertas.
Los otros dos hicieron un amago de unirse a su compañero en la lucha, pensaban que entre los tres no habría enemigo que se les opusiera. Pero tuvieron que retroceder, por el último recodo del pasadizo que habían recorrido aparecieron esqueletos. Se encontraban de nuevo encerrados, pero ahora demasiado cerca de la salida como para perder la esperanza.
Ánto levantó su martillo y cargó contra el rey que se encontraba pronunciando unas palabras inteligibles, probablemente encantamientos. El rey le paró con la lanza e intentó alcanzarle con su espada corta en el corazón, Ánto previó el ataque y saltó hacía atras. Debido a los rigores del desierto ibamos solamente con un justillo de cuero y un golpe así lo habría matado sin duda. Se sucedieron una serie de golpes rápidos lanzados tanto como por uno y otro contendientes, todos bloqueados. El rey era muy rápido, no se parecía en nada a los esqueletos con los que antes estaban luchando. No sólo preveía los golpes si no que era capaz de devolver los golpes con fuerza y finura. Ánto consiguió infringirle un golpe de su martillo al voltearlo, el impacto en la cadera hizo que ésta se quebrase y lanzado tres metros hacía atra cayera contra el suelo. Al ver en el suelo al rey funerario los tres se vieron libres y corrieron hacía la salida. Más no se dieron cuenta de que el pectoral comenzó a brillar, ni tampoco cuando el rey con la cadera recién soldada se puso pie de un salto, sólo vieron lo que ocurría cuando Ánto tenía la espada del rey clavada a la altura del ombligo. Un momento de silencio. Caser y Luss reacionaron rápidamente arrojaron sus martillos con fuerza sobre el rey. Éste ebrio de placer por la muerte de su enemigo recibió los golpes de lleno, uno en la cabeza y otro en el pectoral y esta vez el muerto viviente se vió lanzado hacia un lado del pasadizo de la pirámide.
-Corre, coge a Ánto- le dijo Luss a Caser desesperado.
Fueron pocos los segundos que el rey tardó en recuperarse pero los suficientes para que Caser cogiese a Ánto y se lo echase al hombro. Salieron al exterior, Cáser montó con Ánto gimiendo en su caballo y Luss ató el caballo del herido al suyo. Las fuerzas abandonaban al líder al igual que la sangre su cuerpo. Pero no era ese el único problema con el que tenían que lidiar. El crujir de millones de huesos, de los pies arrastrarse por las puras arenas del desierto y del rey que gritaba impotente a lo lejos en sus espaldas. A galope tendido salieron de las de los aldeaños de la pirámide. El lugar presentaba una geografía bastante extraña con una pequeña montaña al Oeste de la pirámide y una vaguada al Este, y cerca de la pirámide el templo mortuario donde se hallan los sacerdotes funerarios encargados de realizar las reparaciones de sellos, vigilancia y de todas las labores necesarias para el orden de la necrópolis. Del templo se desplegaron varios sacerdotes de piel apergaminada, de pequeña estatura y jorobados, tan viejos o más como el mundo. Gritaban y exclamaban antiguos conjuros que probablemente estabán dirigidos a nosotros y seguramente que también al ejército del rey.
Llegaron a la vaguada y los caballos se negaron a continuar. Se bajó del caballo Luss para comprobar la razón por la que se negaban a continuar las monturas.
Tambores, Luss escucha tambores, da un paso, dos, tres y los ve, le falta el aliento, esta presenciando algo que muy pocos vivos han podido contar, un gran ejército de no muertos recién salido de la arena, ya formado, ya listo para ser dirigido por los principes funerarios.
Ellos también los ven. Una voz rompe el murmullo de bronce y hueso; los arqueros se preparan.
-Los muertos, los muert...-balbuceó.-
-Vámonos hacia la montaña.-decidió Caser.
Luss montó en su caballo y giró grupa mientras empezaban a silbar las saetas a su alrededor. Consiguieron escapar gracias a la lentitud con la que avanzaban los muertos. A las horas pararon a descansar en un Oasis. Ánto se había desmayado al poco de partir. Su piel había tomado un color amarillo blanquecino. Seguía vivo, con el corazón latiendo muy despacio. Después de perder mucha sangre la herida dejo de manar. Pero sabíamos que el fin estaba cerca, tenía la espada todavía en su cuerpo, si la sacabamos moriría desangrado y sino lo haciamos no podría aguantar los rigores del camino a casa. Estabamos muy lejos de cualquier lugar civilizado.
Minutos después mientras los caballos terminaban de beber se despertó, movió la cabeza, musitó unas palabras y su corazón dejó de latir. La pérdida de su sangre al final acabo con él.
Retiraron la espada de su cuerpo, cavaron hondo en la arena y sellaron su cadáver. Allí descansaría, en su amada tierra, la misma tierra que los otros dos odiaban fuertemente. Le encomendaron a Morr su protección para que descansase eternamente en la arena.
Metieron junto a su cuerpo unos dátiles, fruta extraña gasta hace poco. A él le habían encantado.
-Ya nunca más podré volver a comerlos- dijo Caser mientras le caía una lágrima por el rostros y se le velaba la voz.
-Él no debía haber muerto, todavía era necesario para el Imperio, mucho mas que yo.-Le honró Luss entre llantos.
Sería fácil pensar de ambos que son unos pusilánimes cobardes, incapaces de aceptar la muerte, el agrío destino que muchos compartían en el Viejo Mundo. Pero eran demasiadas hazañas compartidas. (((Disertar tema, sobre el compañero muerto)))
Habian recorrido miles de millas juntos. habían luchado contra el Caos en el Norte, vistiado las antiguas fortalezas enanas y ayudado a los enanos en varias misiones contra los goblins, habían explorado la antigua Lustria y hasta la tierra de Albión. Eso si, siempre absolutamente siempre bajo órdenes del Emperador de Talabheim. Ambos valientes seuían recordadndo en sus mentes a su fallecido camarada cuando una nube de polvo negro hizó apariciónpor el camino que ya habían recorrido. Los no muertos les perseguían, estaban todavía demasiado lejos como para acertarles pero aún así comenzarón a caer flechas a unas decenas de metros de ellos. No pudieron esperar mas, montaron en los caballos y huyeron.
Durante cinco días cabalgaron hasta casi matar a los caballos de cansancio, dormían pocas horas y lo hacían siempre en una pequeña tienda montable a resguardo de las frias horas nocturnas, y casí siempre que podian acampaban en alguno de los oasis a lo largo del antiguo camino.
Durante la noche del sexto día, un olor diferente al dulzón propio de los muertos, un olor muy humano despertó a Luss. Escuucha voces, susurros humanos, y ahora piensa con la cabeza fría pues sabe que a los humanos si los puede combatir. Se acerca a Caser que para variar duerme profundamente como un tronco. Por suerte quien demonios estuviese afuera era demasiado ruidoso como para sorprenderles. Así que cogieron sus armas y se escurrieron por debajo de la tienda.
Eran seis y les habían rodeado, armados con lanzas de dos metros y armaduras ligeras. Árabes, escoria de Arabia sin duda.
Uno de ellos más observador que los demás les vió y alarmó a los demás en su extraño idioma.
-Comienza la juerga.-dijo de buen humor Caser y se puso de pie.
El alarmante intentó ensartarle con la lanza, Caser apartó la trayectoria de un golpe de su martillo. Y a la vuelta del giro le propino un golpe con la cabeza del arma en el pecho, rompiéndose sus costillas y atravesándo estas sus órganos vitales.
Cuatro de ellos se dieron cuenta de lo ocurrido y se acercaron a la vez, en círculo.
-Convertios a la verdadera fe y vivireis-dijo uno de ellos con marcado acento
-Por los Dioses, sabe hablar.- bromeó Caser- Mi martillo ha sido bendecido por Ulric, ahora comprobareis la firmeza de mis creencias.
-!Infieles, morid!.- exclamó otro de los árabes.
-!Ya!-gritó Luss. Caser se agachó y Luss giró su martillo 360 grados rompiendo amputando la punta de metal de las lanzas, antes de que se dieran cuenta.
Los cuatro tiraron lo que quedaba de sus lanzas al suelo y desenvainaron unas extrañas espadas que en el lugar llamaban cimitarras.
Cargaron los cuatro a la vez con la espada por encima de la cabeza, intentando descargar golpes verticalmente.
Luss paró con el mango del martillo al primer atacante y le propinó una patada en el estómago al otro antes de que bajase su arma. Éste quedo doblado por la cintura, Luss balanceó rápidamente el martillo y le decapitó, un chorro de sangre le salpicó sus ropas.El arco descrito por el martillo no se paró si no que continuo hasta el otro atacante pero éste puso hábilmente la hoja de su espada. El impactó quebró la espada y desesperado intentó sacar una daga, pero fue en vano, él también murió martilleado..
Por otro lado Caser ya había elminado a uno de sus oponentes y se dirigió al otro. Al ver que sus compañeros habían muerto intentó huir, echó a correr. Caser comenzó a girar su martilo, y cogiendo un gran impulso lo lanzó y le alcanzó en la espalda.
El que quedaba arrojó su lanza y sus armas. Él no les atacó
-No me maten, déjenme vivir, no soy árabe.-dijo.
-¿Entonces que haces aquí?-preguntó Luss.
-Soy descendiente de Nekehara y era su guía, por favor no me maten.-volvió a suplicar.
-De Nekehara, ¿Qué dices Cas, le dejamos vivir?-comenzó a jugar
-Déjale en paz-le cortó Luss.- Tendrás que contarnos muchas cosas.Como tu nombre y a donde les guiabas.- le preguntó ahora mientras se acercó a recoger las armas que había tirado, también le cacheó y descubrío un par de cuchillos de combate que le requiso inmediatamente.
-Stano, me llamo Stano, elloss querian capturaross y llevaross ante el ssultán de Bel Aliad para que fuiseis juzgados como infieles.
Tenía un claro acento, diferente al de los de Arabia, su piel era mucho más pálida y andaba más erguido que los que acaban de matar..
Al final acabaron dialogando Caser y Luss sobre que hacer con él. Caser prefería abandonarlo en el desierto mientras que Luss prefería llevarlo ante al Emperador como una prueba de gran valor para que el consejo mandase una expedición e incluso una cruzada. Además quién sabría que historias podría conocer sobre la tierra de los muertos. Al final la lógica de Luss se impuso, por lo que maniataron a Stano, recogieron el martillo que había lanzado Caser (ya habían perdido dos y no podían permitirse perder mas o los sacerdotes de Ulric les darían una buena tunda)
Siguieron el camino hasta llegar a Al-kanni donde alquilaron un barco con tripulación que les llevó hasta Marienburgo haciendo escala por Bilbali en Estalia.
En Marienburgo les esperaba una compañía de lobos, doce buenos soldados que els dieron escolta. Primero tomaron la gran carretera hasta llegar a Talabheim, como no siempre temerosos del bosque de Drakwald. Una vez allí atravesaron la ciudad y se internaron en las desoladas tierras del corazón del Imperio por la Vieja Carretera del Bosque.
Por suerte ninguno de los engendros que habitaban los bosques interiores les atacó durante la travesía.
Así tras mucho tiempo Luss y Caser volvían al hogar, volvían a Talabheim.


No hay comentarios:

Publicar un comentario