II
Llovía. Llovía firmemente en Talabheim cuando llegaron. Nunca pensó Luss que se alegraría tanto de calarse con la cortina de agua que caía, de tener empapados los huesos y sobretodo de estar helado como la nieve de Kislev. Desde que salieron de la ciudad hace algo más de un año no habían vuelto a sentir el miedo a los rayos de las tormentas, ni las gotas de agua resbalar por los cristales de las destartaladas casas de su barrio en la ciudad. Pues allí de donde vienen, de las tierras del Sur, solo hay calor, eso y un viento seco que arrastra arena y golpea continuamente el rostro de aquellos insensatos que caminan por esas tierras desgastadas.
Allí estaban entre el barullo de la ciudad. Lo primero de todo había sido dirigirse a palacio, allí habían informado de su llegada y a su vez habían entregado al rehén. Un rehén que después de compartir todo el camino de vuelta con ellos se había vuelto uno más su particular y pequeño grupo y la despedida se les había hecho difícil, pero no, ni siquiera eso había empañado la alegría por la vuelta a casa. Tenían cita con el Emperador al día siguiente, por lo que podían aprovechar el resto como quisieran.
Luss pasó el día junto a su esposa y sus dos retoños quienes habían crecido muchísimo en su ausencia y casi ni reconoció al verles en la puerta de su casa.
En cambio Caser, no tenía familia que le esperase, pues todos habían muerto, ni amigos a los que contarles sus aventuras en las tierras de los muertos pues ellos también estaban muertos, todos excepto Luss. En el Imperio poca gente del pueblo llano consigue llegar a la senectud. Si no morían por las escaramuzas que el Caos y los pielesverdes realizaban por las diversas ciudades y pueblos, se encargaban tanto la peste, como los alistamientos forzosos para matarles. Alistamientos inútiles en su mayoría para defender un feudo de otro, una ciudad de otra, en un imperio fraccionado que poco a poco se derrumbaba.
Se dirigió al a taberna, a la que siempre acudía cuando se encontraba en la ciudad, El pico de oro, en breves minutos podría enterarse de las últimas nuevas y de las viejas, así como descansar con el consuelo del vino y quien sabe a lo mejor con una de las señoritas del placer que pululaban por el mugriento local. Cuando después de caminar por varias calles llegó a la encrucijada donde se encontraba su amada taberna sintió una cuchillada mental en el pecho, sólo quedaban ruinas en su lugar. Intentó preguntar a los vecinos de las casas cercanas pero nadie contestaba. Las puertas y las ventanas se cerraban, todos sordos, todos ciegos, todos mudos. Resignado por no conseguir información se fue a otra de las muchas tabernas del lugar a perder el conocimiento con el alcohol. Otra nueva pérdida en su vida, otra más.
-Dígales que pueden pasar- ordenó el Emperador.
Entraron los dos en la sala, uno pulcro y bien vestido mientras que el otro con ojeras, sangre reseca en las sucias ropas y pestazo a vino barato.
Al verlos pasar el Emperador no pudo disimular una mueca de asco ante el pestazo que desprendía Caser.
-El informe que me han entregado me parecido muy interesante.-Dijo mirándoles fijamente a los ojos mientras releía el papel apresuradamente. -Han demostrado un valor del que muy pocos héroes del Imperio pueden jactarse, sin duda serán recompensados por ello.
-No dudamos de la veracidad de sus palabras, pero llevamos esperando pagos desde hace cinco años.- le replicó Caser. Luss le dirigió una mirada muy severa, esas no eran maneras de dirigirse al Emperador.
-Los objetos que han traído son bastante esclarecedores, y si como decís hay más oro en la necrópolis debemos conseguirlo. Hablaré con el consejo sobre el tema.- Siguió hablando obviando el comentario de Caser, sin la más mínima alteración en su tono de voz, seguía siendo frío.- Aun así tengo ciertas duda sobre la muerte de su camarada, como se llamaba... ah, si Ánto, pone aquí- dijo mientras releía en el informe.- El rey funerario fue golpeado, hasta el punto que estos se quebraron y se regeneró completamente. ¿Es eso cierto?
-Si, señor, ambos lo contemplamos- afirmó Luss.
-¿Con seguridad?
-Absolutamente seguro.
-¡Por los Dioses!-Exclamó el Emperador- Yaga- llamó a su criado- tráeme el Libro.-
Había perdido la compostura anterior, ahora se movía febrilmente por la estancia cogiendo pergaminos, papeles y mapas por las diversas estanterías.
-Si, señor- Respondió alguien detrás de la puerta.
-Hace años un aventurero recorrió las mismas tierras que vosotros, lo hizo por orden de mi padre. A su llegada escribió todo lo que había aprendido del lugar y las historias que corrían allí. Este aventurero habla con especial hincapié en la historia del rey funerario más magnánimo y cruel del lugar.
-Escuchen atentamente.- dijo mientras abría el libro que le acaban de traer.
"Al morir Settra, el rey momificado, se le colocó un pectoral. El oro que se usó en el pectoral fue bendecido por la Diosa de la Guerra Anasaréa y fue traído de lejos por un enano aventurero. Durante cuarenta días estuvo trabajando y fundió el metal dorado con paladio y platino para darle mayor dureza y un color plateado. Hechizaron el pectoral y cada noche un sacerdote se encargó de renovar los encantamientos con lo que le concedió mayores propiedades mágicas. Entre estas propiedades se contaba que evitaba la descomposición de la carne y que su portador no pudiese recibir daño alguno, todos los golpes son absorbidos por el pectoral y este al ser indestructible estos son en vano. De todas formas lo más importante es que gracias a las dádivas de Anasaréa su portador siempre ganará todas las batallas en las que combatiera.
Desde la muerte de Setra hasta el año -40 el pectoral estuvo en la gran pirámide de Khemri enterrado junto al gran rey. En ese año Nagash realizó el gran despertar para someter a los reyes funerarios. Un hechizo de gran dificultad en el que demostró su maestría como nigromante. Al principio pareció dar resultados pero los reyes funerarios de antaño no eran muertos corrientes, no tardaron mucho en desobedecer las órdenes del nigromante y comenzaron a luchar entre ellos. Nagash convocó a su ejercitó en las lejanas montañas y marchó contra Nehekhara.
Settra no se había despertado por el conjuro, su poder estaba por encima del de Nagash. Solamente este despertó cuando su tierra lo necesitó. Por ello las puertas de la gran Pirámide de Khemri se abrieron y el más astuto de los reyes funerarios apareció. Volvió para poner orden en sus tierras, volvió con el ejército que en vida le sirvió. Pidió su antiguo carro y ordenó a su guardia que le siguiese. Así fue el ejército de Settra partió a la batalla, miles de esqueletos lo formaban, miles de esqueletos liderados por aquel a quien empezaron a llamar el "Imperecedero" con el aspecto que tuvo en su juventud aunque muriese de viejo. Sometió rápidamente a los demás reyes haciendo que dejaran atrás el caos y desorden que había reinado entre ellos.
Al llegar Nagash a Nehekhara se encontró al grandioso ejército de los reyes caídos. La astucia de Settra junto con la bendición de la Diosa propiciaron una tremenda derrota a Nagash quien tuvo que retirarse a su ciudad, Nagashizzar con más rapidez de la que había venido y con todo su ejército de no muertos descansando en las arenas de Nehekhara, exactamente a unas cien millas de Quatar. Debido a los conflictos por las tierras, pues había padres e hijos que habían sido reyes de un mismo lugar tuvieron que dividirse a partes iguales. Ya los reyes no podían dormir, ya no podían volver a sumirse en el letargo así que gobernaron sus tierras como antaño hicieron. Más Settra no pudo conformarse con las escasas tierras que ahora poseía. Él fue el primer gran rey y él creía que por derecho estaba por encima de los demás, por ello comenzó a someter a los reyes más cercanos provocándoles la muerte de la única forma posible, machacando sus huesos y esparciendo sus restos por la arena. Sólo así se puede producir el fin de estos. De esta manera adquirió mucho más poder y territorios y su ejército ya de un principio colosal aumentó con los de los reinos conquistados engrandeciendo la gloria de Settra. Al principio todo esto pasó inadvertido pero llegado cierto punto, cierto momento los demás reyes fueron conscientes del riesgo de pasar de ser eliminados y presentaron batalla conjuntamente.
Pocas batallas en el Viejo Mundo se pueden comparar con esta, puede que alguna entre las dos razas de elfos, o de los enanos contra los pielesverdes. Cientos de miles de esqueletos lucharon allí. Al final de la segunda noche de combate (pues los no muertos ven en la oscuridad) el flanco derecho de Settra fue poco a poco retrocediendo debido a la presencia de una gran compañía de gigantes de huesos. En el flanco izquierdo y en el centro la cosa estaba muy reñida. Cierto es que Settra se hallaba en inferioridad numérica pero eso no era problema para su genio estratégico. Durante el tercer día y el cuarto las caballerías de ambos ejércitos realizaron pequeños combates sin llegar a enfrentarse directamente, pero en la cuarta noche ambos grupos se escindieron de los núcleos principales y nada se pudo saber de ellos pues una tormenta de arena les cubrió. Finalmente dos días después apareció Laemi, príncipe funerario, hijo de Settra y muerto en juventud saliendo victorioso de la batalla cargando contra el flanco derecho de la coalición, muchos huesos quebraron y si hubieran tenido moral habrían huido, pero los esqueletos no tienen voluntad, no tienen ánimo, no tienen sentimientos y si los tuvieran no podrían usarlos, no son mas que instrumentos al servicio de sus amos. Aún así ese flanco comenzó a flaquear por sus pérdidas.
Por el centro Settra había formado una punta de lanza. Allí se encontraba él, en la vanguardia junto a sus mejores guardias del sepulcro. Al séptimo mediodía aparecieron los refuerzos, en una hábil maniobra habían rodeado el campo de batalla y atacaban por la retaguardia de la coalición, Settra sabía que la flechas de poco servían contra los muertos, lección que había aprendido un año atrás contra Nagash y que los demás reyes no, así que no los llevó a combate sino que los dejo en la retaguardia para que pudiesen ejercitar la maniobra como planeaba, armados con lanzas y espadas en vez de los arcos que manejaron en vida, cargaron. La coalición estaba siendo derrotada.
Habían sido rodeados desde vanguardia, hasta retaguardia pasando por lo que quedaba de su flanco izquierdo. Settra mordió bien a su presa y sólo el flaco derecho aguantaba el envite.
Ese mismo día se enfrentaron los portadores del icono de ambos bandos. Los soldados cercanos a los combatientes se pararon a observar la lucha. Cientos de cuencas vacías observaban los movimientos de los dos esqueletos. Nadie los jaleaba, nadie hablaba, sólo el ruido de sus armas al chocar rompía el silencio del desierto, sólo el viento juguetón silbaba entre los huesos de los muertos. Fríos, insensibles ni siquiera quejumbrosos por su eterna vida de servidumbre. No se retiran voluntariamente, son lentos y poco inteligentes pero ni cinco lanzas atravesando su cuerpo pueden pararles. Sólo separando la cabeza del cuerpo caerán al suelo como un montón de huesos con armadura. Casi todos los muertos de las tierras Nehekhara poseían este servil comportamiento a excepción de seres sobrenaturales y momificados.
Los reyes de la coalición estaban pensando en una retirada a sus tierras donde comenzar una guerra de guerrillas o en una rendición por la cual pudieran conservar sus no vidas. Ya se disponían a pedir parlamento cuando ocurrió lo siguiente:
Settra quería ponerle fin a la batalla, hastiado de tanto luchar por lo que se dirigió personalmente con su guardia al flanco derecho. Comenzó a desmembrar ágilmente a los gigantes de hueso que mantenían a raya a sus soldados. Settra pretendía hacer retroceder a este flanco para poder rodear totalmente al enemigo. Los gigantes intentaron machacar, atravesar, desmembrar y destrozar al Imperecedero pero no consiguieron hacerle ni un rasguño gracias al pectoral.
Pero no todo iba a ser un camino de rosas. La coalición aguantaba firmemente en ese flanco debido en parte al comandante Kadú, que luchaba con determinación. Este vio llegar a lo lejos a Settra y empezar a machacar a sus gigantes, por lo que decidió combatir personalmente con él, sabía todo lo que arriesgaba pero confiaba en si mismo, si le derrotaba algo que a priori es imposible por el pectoral todo terminaría. Inconsciente quizás, temerario también pero desesperado sin duda. Dirigió su carro hacía la primera línea de batalla. Settra había trepado por la espalda de un gigante de hueso y se encontraba machacando su duro cráneo a golpes mientras el ser intentaba quitárselo de encima. Terminó el gran rey y vio a Kadú desafiándole. El montón de huesos enormes cayó al suelo provocando un tremendo estruendo y Settra alzó su espada. Le atacó, su enemigo paró el golpe a escasos centímetros de su cara. Settra tenía mucho interés en matar a todos los reyes que pudiese en batalla. Una vez eliminados podía reclamar todas sus pertenencias, incluido ejército y tierras según las antiguas leyes. Aún así solo se había enfrentado a tres en siete días de batalla, los demás habían rehusado combatir con él.
Settra manejaba una gran espada a dos manos, de oro y bronce por lo que había evitado la corrosión y no resultaba muy maleable. Kadú portaba una espada corta de hierro y un escudo redondo de bronce, al ser Kadú de siglos posteriores ya se conocía la tecnología del hierro por contra tenía este rey perteneció a una época decadente que el intentó suplir con inteligencia y esfuerzo pero no pudo evitar la decadencia de sus tierras. La civilización había comenzado a emigrar al norte. Por ello no ostentaba ni grandes joyas ni vendajes exquisitos.
Kadú aprovechó para golpearle con su escudo en la cara. Se separaron ligeramente y Settra describió un arco que habría decapitado a su adversario de no haberse movido rápidamente. Unos breves instantes después, ambos intercambian estocadas y golpes en los que ninguno de los dos recibió heridas. Tampoco se podían cansar así que los envites continuaron con fuerza durante un tiempo hasta que Settra ejerció una finta magistralmente y le clavó la espada cerca del cuello a su oponente, en la clavícula hasta llegar al hueso, cortando vendajes y carne fisurando el hueso, pero se quedó encascada la espada por lo que Kadú aprovechó para cotar las ataduras del pectoral de Settra y clavarle la espada en el vientre pero paso limpiamente y regeneró la carne herida inmediatamente. Settra sonrió malévolamente. Éste dejó su espada y sacó una pequeña daga con la que de un tajo le amputó la pierna izquierda a la altura del muslo. Kadú totalmente desesperado se lanzó con la pierna derecha, la que le quedaba, y empujó al suelo a Settra a corta distancia, donde no podía manejar su espada. Con gran esfuerzo Kadú le arrancó el pectoral. Settra dio un gran grito y sus guerreros se paralizaron de terror. Quedó al descubierto la marca por la que le extirparon los órganos al morir y por el mismo sitio huyó gran parte del poder que poseía. Ahora acababa de perder su total inmortalidad.
No todo estaba perdido para Settra mientras el combatía su guardia había eliminado a todos los gigantes restantes y a dos reyes funerarios que no habían conseguido huir. El flanco enemigo tuvo que replegarse hasta ser totalmente rodeados. Los arqueros del ejército de Settra cerraron el círculo. Kadú fue uno de los últimos que consiguieron huir al interior del círculo llevándose consigo el pectoral ante la mirada de incredulidad del gran rey que no puedo reaccionar a tiempo para atraparle, ni mucho menos sus soldados que le vieron huir a toda velocidad en su carro, saltando sobre su pierna derecha, con el pectoral en una mano y la pierna izquierda en la otra.
La coalición al verse en tal difícil situación mandó mensajeros para tratar un acuerdo. Settra se mordía los puños, acababa de perder la batalla por una estupidez, por su arrogancia y por la fortaleza de un enemigo. Gran parte de su poder se acababa de evaporar, se siente débil, incluso hasta cansado algo que realmente es imposible en un muerto. Sabía que tenía que negociar, su ego le impedía continuar la batalla, había sido derrotado y necesitaba lamerse las heridas, por lo que finalmente aceptó negociar. Settra se comprometió a no atacar nunca más a los restantes reyes, las tierras serían distribuidas de nuevo. Él recibiría las tierras de todos los reyes caídos en batalla junto a sus ejércitos y tesoros, finalmente sería el amo y señor de más de la mitad de la Tierra de los muertos. Durante dos días posteriores a la batalla se realizó un complejo rito a Setis, Diosa de la justicia, por el cual ninguna de las dos partes podría incumplir el tratado.
Al mismo tiempo decenas de sacerdotes funerarios se encargaron de reanimar a los esqueletos. Alzaban todos los huesos semienterrados y obligaban a que cada parte del cuerpo se volviese a unir. Entonces los sacerdotes se ocupaban de unir la cabeza al cuerpo con una mezcla especial a base de polvo de huesos y arena sagrada entre otros extraños ingredientes.
Settra volvió a Khemri. Desde allí reconstruyó la ruinosa ciudad con las manos de sus guerreros, las antiguas carreteras volvieron a planificarse en una red más compleja, se realizaron obras de drenaje en las cercanías del río y de irrigación en las zonas pobladas de vivos. Crearon grandes plantaciones de árboles. Los antiguos descendientes de Nehekhara volvieron a las tierras de sus padres, desde el norte, de las zonas con más agua por orden de Settra, ligados a la tierra por la que sus antepasados sirvieron, la tierra que defendían ahora en muerte ligaba a su descendía a servir al rey que ha retornado. Así fue como la ciudad tomó esplendor, los muertos ayudaban a los vivos y los vivos servían a Settra. Uno de los grandes proyectos de Settra vio la luz, Cientos de naves fueron creadas y botadas en el gran río que recorre Arabia. Los bosques de madera fueron talados y plantados innumerables veces.
En el año 99 de la coronación de Sigmar la gran armada No muerta partió de Khemri para llegar al gran Océano.
Al año siguiente saquearon las costas de lo que siglos después sería Bretonia. No sé sabe si fue un temporal, o una batalla pero Settra volvió ese mismo año diezmado en hombres y naves con muy pocos tesoros.
Durante largo tiempo Settra proyectó la creación de una armada invencible, inmortal. La madera con el tiempo y el agua se pudría. Settra se consagró a la construcción de gigantescas naves, fortalezas de piedra, que se mantenían a flote gracias a la magia oscura. Cada cinco años los ejércitos no muertos botaban diez naces medias y una gran fortaleza. Settra preparó a sus muertos para luchar según tácticas modernas, aplicó nuevas técnicas de navegación
Año 451, la flota No muerta de Settra ataca Tilea. Sartosa es asediada y todos los habitantes que no habían conseguido huir fueron esclavizados. Esta oleada de esclavos hizo que Khemri aumentase en riqueza y poder. Se iniciaron las grandes obras. Cerca a la pirámide negra de Nagash.
Poco después de la mitad del milenio llegó la peste mágica, los skavens habían comenzado a invadir el sur. Parecían interminables y sus maléficas plagas atormentaron a la población durante cincuenta años. Murieron tres cuartas partes de los habitantes vivos y los que quedaron huyeron fuera de los alcances de Settra. Settra dirigió su ejército muerto contra las ratas y consiguio que estas se ahogaran en el mar.
Periodo de decadencia
Sin casi seres vivos a sus órdenes Settra se vio obligado a investigar los límites de sus poder. Tras muchos ensayos consiguió levantar a los muertos por la peste y también a todos los que había muerto en sus tierras desde su retorno.
Provisto de nuevos trabajadores siguió creando nuevos barcos. Pero el conjuro no salió del todo bien. Los trabajadores volvían a sus tumbas al amanecer para despertarse con la caída del sol.
En el 977 de nuestra era, los espías de Settra son expulsados de Bretonia. Esto crea una agravio importante para Settra. Jura conquistar el país aunque pierda todo lo que posee en el intento.
Settra ha recuperado el poder personal que antaño le daba el pectoral, ahora sus guerreros no se confundiran al recibir las órdenes como sucedió en la batalla contra la coalición.
Finalmente en el año 1175 Settra dirige su flota personalmente hacia Bretonia, se dispuso ya no sólo a capturar esclavos sino a conquistar la tierra y colonizarla. Así comenzaría su Imperio entre los hombres del Norte. Pero Bretonia y los demás reinos de los hombres no estaban dispuestos a ser invadidos por los muertos.
Después de varias escaramuzas a favor de Settra, en las que se demostró la supremacia de los barcos de piedra y sobretodo de las grandes fortaleza.
Si no les ganaban en el mar será mucho más difícil derrotarles en tierra.
Bretonia mandó mensajeros a todas las naciones humanas, sólo Tilea respondió. El Imperio se encontraba en serios problemas. Drakwald estaba siendo masacrada, la peste mermaba la población y no había un único poder que pudiese reunificar el Imperio. Estalia estaba inmersa en sus propias guerras internas como para preocuparse de la flota no Muerta.
Así con escasas fuerzas el rey Bretón le encargó la batalla final a su Almirante Henri Lamorte. Hombre de probada experiencia marina. Éste ideó un complejo y arriesgado plan dependería en gran parte tropas de tierra.
En Cabo Feroz combatieron las dos armadas. La línea de batalla bretoniana estaba formada a dos líneas. En el centro de la formación estas de casco bajo con lo que evitaban encallar y colocando el doble de naves en los flancos. La mayoría de las naves de los flancos eran muy ligeras.
Settra observó desde lo lejos la línea y cayó en la trampa. Ordenó a sus naves de mayor embergadura unirse a él. Atacaron en flecha, intentando el centro de la formación e intentar llegar a una playa cercana donde podrían desembarcar el cuerpo principal de infantería. Ellos serían la cabeza de la invasión.
Todo ocurrió según lo previsto, el buque insignia donde se hallaba Settra atacó en primer lugar junto a sus fortalezas. Settra no temía luchar personalmente contra los seres vivos, ellos no sabían como destruir a un rey funerario. Con la embestida inicial hicieron retroceder el centro de la formación bretona. Mientras les perseguían fueron encallando los barcos, debido a su formación eran barcos con mucho calado al contario de las naves bretonas. Los flancos rodearon a la inmensa flota No-muerta y la parte más importante del plan de Lamorte se llevó a cabo.
Cientos de piedras surgieron del cielo procedentes de la elevación del cabo.
Muy pocos barcos de Settra fueron dañados, y un par de ellos al recibir impactos sobre el casco se hundieron con toda los soldados muertos metidos a marineros por órdenes del rey. Algunas piedras mágicas quedaron flotando. Poco a poco la flota de Settra se fue concentrando. No sólo por la trampa tendida por Lamorte, también porque al ver a su rey inmóvil acudieron a su rescate, quedando ellas a su vez encalladas cerca.
Desde los flancos los barcos bretones formaron una línea de fuego; habían colocado cañones, arma que Settra desconocía totalmente. Mantenían a raya a todo aquel que intentaba atacarles. Lo cierto es que estaban haciendo papilla a su armada de piedra. Siendo consciente de la masacre a la que estaba siendo sometida su flota ordenó la retirada de los barcos supervivientes. Las fortalezas marítimas no podían ser movidas. Mandó evacuar con cargueras a casi todos los soldados. Excepto a unos cuantos para proteger las grandes fortalezas con un par de sacerdotes con la esperanza de recuperarlos algún día. Dado que ni la flota enemiga conseguiría tomarlas al ataque y asediar a alguien que ni come ni bebe es inútil por harto estúpido por parte del enemigo.
Así fue derrotado el gran rey funerario Settra en sus intentos por ampliar su imperio en las tierras del norte.
Juró venganza y tarde o temprano lo cumplirá. Cien años después la cripta de la familla Lamorte es saqueada y el cuerpo de Henri Lamorte es levantado y convertido caballero. Settra le pone al mando de los restos de su flota. Llegando este a reformar toda la Armada. A partir de este momento un halo de oscuridad cubre las tierras de los muertos y poco sabemos de ellos y de su actividad con respecto al Imperio y a Bretonia. Sólo se tiene información de los comentarios de los mercaderes de Arabia y de los locos y pocos aventureros que regresan del lugar.
El emperador terminó de leer, les dejó marchar y se quedó pensativo como casi siempre que leía aquel libro, aquel libro escrito por Runo Sinentrof.
Al día siguiente.
-Señores, necesito que sean consciente de la urgencia de este asunto y por ello espero que comprendan la necesidad de abandonar los demás temas del día -rogó el emperador a sus consejeros.
La reunión tenía lugar como siempre en una de las principales salas del palacio. Allí estaban los mas leales a Heinrich Feuerbach. Sentados en una mesa redonda que había presenciado reuniones durante demasiados siglos. Adornada en ricos tapices la sala estaba y además emanaba grandiosidad.
Siete eran y sólo siete podían dirigir los destinos de una parte del Imperio. Allí estaban presentes el Emperador, el tesorero, el comandante del ejército, el archilector de Ar Ulric y tres reales consejeros. Siete eran y sólo siete podían decidir los detinos e una parte del Imperio. El Emperador comenzó a hablar:
-De siempre ha sido conocida la leyenda de fabulosos tesoros en Nehekhara, historias fantásticas contadas por locos comerciantes y trotamundos. Mi padre, a quien Sigmar guarde, decidió mandar aventureros por la zona. Sólo uno de ellos regresó. Los demás perdieron la razón y la vida en las ardientes arenas. Esta parte es bien conocida por todos. Ahora bien muy pocos sabéis de la existencia un libro, un tomo en el que Runo Sinentrof recopiló las historias que oyó en su aventura. La leyenda se confirmó había grandes cámaras repletas de oro. Los muertos la guardan y no permiten el paso a los vivos. La historia no trascendió y otros avatares ocuparon la mente de mi padre. El tema se olvidó hasta que al año de morir mi padre y que yo fuese coronado por el Archilecto Ar-Ulric encontré el libro en una cámara. Tras leer lo que allí se decía un par de veces, decidí un pequeño grupo de exploración a visitar directamente algunas de las necrópolis traer pruebas de lo escrito por Runo Sinentrof. Pues bien tras una serie de desafortunados incidentes, consiguieron infiltrarse en una pirámide. Un gran tesoro se guardaba allí, según sus palabras. Aquí están joyas y monedas recién traídos.- Y sacó los objetos, y los pasó a los allí presentes.
-Como verán es oro de gran pureza, no como el oro que hemos tenido que acuñar últimamente, aleado con plata. Son conscientes de la actual situación de Talabeclan, no hay dinero, esta guerra civil esta sangrando al Imperio y las catástrofes que nos asolan nos dejan débiles ante las continuas amenazas de Stirland. Necesitamos oro para contratar un ejército, para mercenarios, para cañones y equipamiento suficiente para poder poner El Imperio bajo mi mano. Para acabar con el Caos en nuestra amada tierra y los engendros que la mancillan.
-¿Qué nos quiere proponer? - preguntó el tesorero harto ya de charla-
-Iba a ello-contestó- vamos a saquear una pirámide-
-! Me niego a ceder a mis hombres para tal despropósito!- exclamó el comandante.
-Son mis soldados, no suyos, recuérdelo.-dijo el Emperador.
-Necesitamos el oro para licenciar a sus hombres- dijo en todo de voz subido el tesorero.
-Con tierras-
-Sin dinero no hay tierras-dijo como pudo entre el murmullo que se acaba de armar entre ellos. Cada uno gritaba sus opiniones y ninguno escuchaba a los demás.
No eran muy comunes las discusiones y los barullos en la sala del consejo- pensó el Emperador- de hecho nunca les había visto tan alterados. El núcleo mas conservador se negaba a ceder posiciones, no querían ser partícipes de algo que consideraban una patraña mientras que los más jóvenes, liberales, estaban dispuestos incluso a unirse a la expedición.
El Emperador se levantó y a pleno pulmón gritó:
-Orden, orden señores, ¿Qué comportamiento es este? No hay nada que discutir, se va a llevar a cabo la expedición. El propósito de esta reunión es planificar la expedición no decidir si se va a realizar o no.
Hoy el Emperador estaba jugando con fuego, se podría ganar enemigos entro de su propio poder, y todavía no poseía el suficiente como para desarmarles políticamente.
-Debido a la rebelión de las provincias de la zona sur y oeste el Imperio tendrán que realizar la travesía tanto la ido como el regreso en barco.
-Eso si hay regresó.-interrumpió uno de los consejeros-
-Usaremos parte de la flota de Nordland que nos es leal y puede que tengamos que contratar nave de Marienburgo.-dijo el Emperador obviando el último comentario.
-Me parece razonable- señalo uno de los consejeros mientras alguno también asentía.
-Sólo quería señalar que si hemos de pagar a los mercaderes de Marienburgo por la flota, que sea con el oro conseguido de la expedición.
-Podríamos intentarlo-respondió.- En cuanto a los hombres que formarán la expedición...-
-Por supuesto, los más jóvenes de las tropas regulares-propuso el comandante con la esperanza de no perder a ningún soldado curtido de las fronteras.
-Sería un suicidio.-exaltó el archilector.
-Ya será demasiado costoso de por si la misión y arriesgado como para encima condenarla al fracaso.
-Vos, comandante habéis hablado hace un momento de un par de regimientos a punto de licenciarse y dado que al ser soldados no les está permitido tener esposa no sería necesario pagarles todo las pagas atrasadas.-argumentó el tesorero.
-Tacaño embustero.-volvió a levantar la voz el comandante- Esos hombres llevan luchando desde los trece años por el Imperio, y esta es la forma de agradecérselo. Gracias a ellos usted puede dormir todos los días tranquilo, gracias a ellos puede meter sus zarpas en el dinero y manejarlo a su gusto, gracias a ellos todavía vive. Justo cuando van a terminar con su deber vais a enviarles a una muerte segura. No, me niego- se reafirmo el comandante.-
-Os podeís negar pero me parece lo más sensato.
-El ejército está para defendernos, no para usarles como mercenarios.
-Cumpliréis las órdenes.-dijo en tono amenazante el Emperador-recordad que me jurasteis lealtad.- Ahora si que se había buscado un enemigo dentro de su consejo.
-Si, mi señor- dijo cautelosamente el comandante.
-¿Soportarían nuestras defensas la ausencia de tal vez 1500 hombres?- preguntó el consejero más anciano.
-No, son demasiados hombres, quizás hasta setecientos.
-Dado la escasez de alimentos y agua en el desierto baste con seiscientos- les recordó el Emperador.
-Señor con esa tropa no hay posibilidad de victoria.- dijo gravemente el tesorero.
-Yo no hablo de presentar batalla a los muertos, ni con seiscientos hombres, ni con diez mil ganaríamos la batalla a los muertos, el cometido de los soldados será proteger el tesoro robado, los árabes se dedican a asesinar a todos los extranjeros que pisan su tierra cómo les pasó a varios mercaderes tíleanos hace un par de años, es más, Caser y Luss fueron atacados por unos bandidos que pretendían matarles por infieles. No va a ser un camino de rosas. Necesitaremos lanceros, alabarderos, espadachines y un par de cañones de pequeño calibre.
-Los cañones son muy costosos, señor - dijo el tesorero-
-Los necesitaran, sin duda.
-Esta es una misión sagrada, necesitarán ayuda divina, por lo que varios de mis sacerdotes guerreros servirán para este propósito si a su majestad no le importa.- pidió el archilector-
-Los hombres de fe siempre son recibidos en todo ejército y más en el mío.
Ahora pasemos a otros temas menos interesantes sobre la reclamación de los mercaderes en el asunto Möib… -terció el emperador-
Terminada ya la reunión el emperador comentó con su ayuda de cámara ciertos detalles…
-¿Vais a enviar al grupo especial, mi señor?- Preguntó Yagga-
-Así es, necesitaremos sus artes para conseguir el pectoral, el oro me es importante pero no tanto como ese objeto.
-Puede ser muy peligroso- le advirtió el sirviente-
-Lo sé, pero daría mi vida por el Imperio y si es necesario lo haré.
-Como usted mande, voy a dar las órdenes necesarias para los preparativos y les haré llamar.
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