Cuando la XIX legión y yo desembarcamos en el planeta se respiraba un ambiente tranquilo. Nadie imaginaba la gran desgracia allí iba a ocurrir y de la que yo iba a ser responsable. El Emperador me había mandado allí como comandante para pacificar la región, y mantener la frontera, lo que no sabía eran de las oscuras intenciones que habitaban en mi corazón. Comprendedme, por favor, pues me hallaba lejos de las influencias palaciegas, con tres legiones de soldados de élite y sus respectivas cohortes auxiliares. En total tres millones de soldados, acompañados de artilleros y caballería acorazada que hacían las veces de exploradores. El planeta era una región-frontera muy importante para Roma, era la entrada por la que podrían penetrar los bárbaros alienígenas.
Mandé emisarios a las tribus nativas exigiendo un alto tributo. Aprovecharía mi puesto para lucrarme. Los nativos se negaron, era el momento de las legiones. Tomaría varias capitales tribales y obligarles a aceptar la civilización romana para conseguir amedrentar a las demás. Tomamos la primera y la segunda sin grandes dificultad. Tras esta nos internamos en los grandes bosques, donde el camino era angosto y la densa vegetación no permitía ver más de un par de metros del interior del bosque. Allí, cuando éramos más vulnerables nos atacaron, donde no podíamos formar una línea de batalla donde aprovechar nuestras técnicas de combate. Poco a poco empezaron a caer soldados. Si alzaban los escudos de Kevfib para protegerse de los días paros enemigos, se encontraban con rápidas incursiones de los alienígenas que mordían y aplastaban por lo que o destrozaban la servoarmadura de los soldados en el mejor de los casos o inutilizaban las espadas cortas de energía. Pero eran demasiados y los soldados no podían perseguirles al interior del bosque, donde caerían fácilmente abatidos. Los centurias fueron disgregándose, y los soldados defendiendo sus estandartes, todo ello en vano. La cabeza de la columna intentó avanzar pero se escindió del cuerpo central y fue aniquilada. Intentamos retirarnos, pero era imposible avanzar entre el montón de cadáveres que había al final de la columna, donde el ataque había sido mas intenso, y más todavía cuando nos movíamos defendiéndonos del enemigo. Al caer la noche solo quedan mil soldados bañados en sangre. No hay esperanza, oímos risas, difuminadas por los gritos de dolor de los que han sido atrapados con vida y son quemados vivos. Se mueven a través de las sombras como fantasmas y nos acosan. Nos han cercado, no hay esperanza. Este es el final. Recordadnos, porque en los bosques de Teutoburgo caímos, porque fallamos al Emperador, porque fallamos al Imperio.
Cuando el Emperador Octavio Augusto a bordo de la nave nodriza terminó de leer la última frase entró en cólera, la carta había llegado junto con la cabeza del escritor. El Emperador comenzó a gritar: Varo, devuélveme mis legiones. Era presa del delirio colectivo al que poco después se sometería todo el planeta Tierra.
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